— Como Helio. 

Sé que te respondí algo así, y que después tú me miraste con esos ojos que no alcanzan a entender qué ocurre, con esa mirada que busca ver algo que en realidad no está ahí. ¿La pregunta? "Una palabra. Condénsame entera en una palabra". En realidad no sé a ciencia cierta por qué escogí esa palabra, y, si te digo la verdad, sé que no alcanzó mi cabeza de ninguna forma espectacular. Tú dijiste condensar y yo pensé en Helio como quien piensa en pájaros cuando alguien pronuncia "volar". Y es que tú siempre prendías la mecha que luego encendía la lucecita de mi cabeza. Y ¿sabes? Creo que en cierto modo sí eras como Helio. 

Bajo tu nombre de Diosa y esa sonrisa perfecta no había más que un corazón magullado, roto, inerte, recompuesto con agujas de olvido y muchos latidos en falso. Incapaz de reaccionar, incapaz de implicarse. Siempre habías creído que tenías la suficiente fuerza para mantenerte tú sola, que tus dos electrones eran tu corazón y tu cabeza y que el resto era equipaje de sobra. No eras de errores ni de segundas oportunidades, y creo que ese fue precisamente el único error que cometiste en tu vida. Querías estallar, pero no encontrabas razones; querías volar sin alas; querías sentir el amor hasta en los dedos de los pies, pero no había persona que pudiese atravesar las murallas de tu corazón.

Y es que tú eras como un gas; voluble, cambiante, variable, imposible de atrapar. Eras codiciada en defecto y tóxica en exceso. Sólo tú podías soportar la velocidad de tu vida, porque cualquiera que se subiese contigo al viaje terminaría mareado sin remedio. Yo lo intenté, ¿y sabes lo malo? Que después de probarte, la vida al ritmo normal sabe demasiado lenta. 

Tú alguna vez habías sido hidrógeno, Juno. Fuiste una explosión incontrolada, una estrella en plena ebullición... pero te apagaste. 

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