Hace poco aprendí que las promesas son una de esas cosas que, con el tiempo, se han vuelto reutilizables. Las hemos devaluado hasta el punto de que ya no valen nada. Ya no significan nada. 

Tú eras el maestro de las promesas de papel, de los deseos con las alas rotas y de las sonrisas mudas. Si algo bueno aprendí de ti es que todo a lo que nos aferramos con fuerza en este mundo es como una barra de metal incandescente que nos abrasa la piel y nos deja cicatrices imborrables. Después caminamos por la vida prometiendo al resto que nada nos duele, que nada nos afecta, que somos algo más que unos miles de millares de átomos que ni siquiera saben estarse quietos.

Dices que quien promete amar con todo el corazón no es más que un mentiroso, con el alma un ignorante y con el ser un ingenuo; que el corazón no ama, el alma no existe y el cerebro no busca más que engañarnos. 
Estás harto de ver un mundo que no te ve a ti, y quizás ese sea tu problema; que no entiendes que para el mundo no eres más que un breve fulgor que se extingue en cuestión de segundos, mientras él sigue girando, inmutable, inalterable, sin verte a ti, sin ver a nadie. 
Te molesta que todo el mundo pueda prometer el tiempo como si fuera algo que estuviese en sus manos; como si ellos pudiesen controlarlo o manejarlo a placer. Y es que si hay algo que no podemos prometer, es el tiempo. Antes la luna, el sol, el universo. El tiempo se nos escapa de las manos como agua que fluye de nuevo al mar, que nunca vuelve a regresar de la misma forma y en las misma circunstancias. El tiempo no nos ve nacer, crecer o morir; y, como tiempo que es, no espera por nadie. Nos moldea como lo hace el viento sobre las rocas, lenta e imperceptiblemente. Nos destruye sin que nos demos cuenta. Nos devuelve a un mar desconocido que quizás ni siquiera existe. Nos hace desaparecer. 

Tú dijiste "algún día". Hoy que sé que tu tiempo no es tuyo, ni de nadie, he comprendido por fin que, para ti, "algún día" significa nunca. 

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