Sé que nunca te creí cuando decías que lo mejor de este mundo es ver las cosas que nos obligan a escuchar, sentir todo aquello que creen que sólo podemos ver, oír las imágenes que vemos todos los días, tantear el olor de tu cuerpo al dormir... Siempre pensé que resultaba realmente absurda tu convicción de que podías ver el color que destilaba mi sonrisa, el verde sentir de mis ojos castaños, el aroma de mi piel cuando te rozaba; como si el azul fuera color para unos labios que dicen te quiero, o esa envidia malsana pudiese mirarte a ti sin salir huyendo.

Supongo que ahora que ya no puedo decírtelo es más fácil admitir que me gustaba que vieras en mí todo lo que no decía, que sintieses mis silencios como si fueran gritos de socorro o que escuchases mi alma sollozar cuando ni siquiera yo sabía que lo hacía.

Siempre has dicho que te gustaba ese destello amarillo de mis ojos cuando te miraban cobardes, temerosos de que te enterases de algo antes de que mis labios pudieran encontrar las palabras adecuadas para decírtelo. O esa claridad del color del cielo al atardecer que veías en mí cada vez que me preocupaba, que de pronto se convertía en un naranja chillón que aseguraba poder aguantar el mundo entero con una sola mano;  "como si el universo se tragase así como así el cielo entero y luego lo escupiera de pronto una mañana cualquiera", decías.

Nunca te gustó ese gris apagado que cubría mi piel las mañanas de frío, porque decías que no tardaba en helarme también el corazón; ni el negro que anegaba mi voz cuando te repetía algo que no querías escuchar, como que el mundo se acaba algún día, que el ser humano no ama o que las palabras de toda tu vida se marcharían contigo cuando te fueras.

Pero no se han marchado. Nunca lo hacen.

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