— ¡Otro! ¡Otro! —murmuraba por segunda vez aquella noche, agitando con emoción las manitas en un intento de llamar la atención de mi madre. 
— ¿Quieres escuchar uno más? —musitó ella, resoplando, mientras sus dedos tanteaban la hilera de libros infantiles que se encontraba en un estante de madera situado encima de mi cama, por entonces mucho más pequeña—. ¿Alguna preferencia? 
— No, no —respondí con voz chillona, agarrando su brazo con las dos manos para evitar que alcanzase un ejemplar de Blancanieves que estaba a punto de coger—. Quiero el de la chica del acantilado, ¡porfa! Cuéntame ese otra vez. 
—Está bien —accedió ella, acomodándose en un extremo de la cama y aclarándose la garganta para comenzar el relato—: Érase una vez una pareja de jóvenes que siempre veían el amanecer y el romper de las olas en un acantilado alejado de la civilización, en el que el sol nunca llegaba a ponerse y la noche jamás les alcanzaba. Ella se llama Amor, y él era Felicidad.. Ambos vivían en perfecta armonía, observando el esplendor de un mundo que no estaba malogrado por la acción de una raza humana desconsiderada y egoísta. Sin embargo, un buen día, Felicidad decidió a abandonar a Amor sin previo aviso, y se marchó para no volver nunca más. 

>> Amor, acongojada, buscaba consuelo en el amanecer que siempre habían visto junto a su amado Felicidad. Pero ese amanecer que tan bonito le parecía entonces ya no se le antojaba tan hermoso como antes. Amor fue perdiendo aquella costumbre de observar la belleza del mundo y comenzó a centrarse en otras cosas más banales, más humanas e infinitamente menos importante. Poco a poco, Amor fue convirtiéndose en Soledad, después en Nostalgia, y, cuando se quiso dar cuenta, el amanecer que tantas veces había observado se había convertido en un triste atardecer, que, sin embargo, aún conservaba cierta belleza, pero no alcanzaba la magia de un amanecer visto junto a Felicidad.
Así, Amor fue envejeciendo lentamente observando como las vistas de lo que antes había sido un perenne amanecer ahora le mostraban un atardecer que, poco a poco, se marchitaba de la misma forma que ella. Viendo truncadas sus últimas esperanzas de recuperar la Felicidad, Amor muere como Indiferencia, siendo el comienzo de una oscura noche lo último que vieron sus ojos. 

El silencio reinó en la habitación durante largos segundos, como todas las veces que ella terminaba de contar aquella historia. Justo después, yo la miraba para hacer la misma pregunta: 
— ¿Por qué Felicidad se fue y no quiso volver? 
— Porque había personas que le necesitaban más que Amor —respondía ella—. Pero si ella hubiese sido lo suficientemente valiente como para hablar con él, Felicidad hubiera vuelto y Amor nunca se habría convertido en Indiferencia. 
— ¿Y por qué no volvió a hablar con él? 
— Porque Amor creía que Felicidad le había abandonado para siempre —contestó—. Pero Felicidad nunca abandona a nadie para siempre, sólo si dejas de intentar buscarle. 
— Pero y si… 
— Nada de peros, a dormir —me interrumpió ella, revolviéndome el pelo con cariño y cogiendo con suavidad el edredón para taparme con él—. Que mañana tienes clase. 

Me dio un beso en la frente y se levantó para marcharse.
— Oye, mamá —la llamé justo antes de que cruzara la puerta—, ¿si es niño le podemos llamar Felicidad? 

Ella se echó a reír, abrazando inconscientemente su vientre y negando varias veces con la cabeza. 
— Va a ser una niña —replicó—. Y además, Kenna, ¿has visto alguna vez un niño que se llame Felicidad?

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