Ahora que sé que siempre adelantabas mi reloj diez minutos para que no llegase tarde, entiendo lo mucho que odiarías la forma en que estoy devolviendo tus palabras adonde pertenecen. Nunca te gustó que tuviera esa horrible manía de llegar tarde a todas partes; y aún ahora que no tengo los números del reloj que marca cuándo podré ir por fin adonde tú estás, comprendo hasta qué punto tenías razón, y, una vez más, no llego a tiempo. 

Hoy he recordado que acostumbrabas a decir que los seres humanos no somos un mar de dudas, sino un bosque entero; que las palabras que te calles te queman en la garganta y el aliento de fuego que termina por escaparse de la cárcel que son tus labios las extingue todas sin piedad ninguna. 

Luego no queda opción alguna más que esperar el efecto lavado de una lluvia que no tarda en llegar, que son esas lágrimas rebeldes que empapan tus pestañas y muerden tus mejillas, que te dejan marcas invisibles en el rostro y abren camino para otro mar de lluvias que recorrerán después los mismos cauces. 

Pese a todo ello, siempre has dicho que podemos aprender, que quien enciende una vez la mecha que provoca el incendio, sabe encontrar después el agua que apague sus palabras antes de que quemen. Que el humo no debería ser nuestra señal de socorro, pues cuando aparece no hay agua que lo calme, sólo viento capaz de avivarlo que sopla rabia, furia y cólera.

Ingenua, yo siempre te preguntaba:
 ¿Y es el amor lo que apaga las llamas?  

Tú me mirabas, con esa sonrisa incrédula que esbozan los adultos cuando un niño les pregunta algo que no alcanzan a comprender.
 El amor es lo que las provoca, pequeña. 

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