La bola negra con el número ocho tatuado en su centro entró limpiamente en el uno de los agujeros laterales de la mesa.
—Y con esta son tres —concluyó la ejecutora del movimiento vencedor, casi taladrando con sus ojos azules al chico rubio con quien competía. Nunca nadie sabría cómo describir sus ojos y hacerles justicia. Decir que son tan fríos como el hielo sería quedarse corto; son tan fríos como agua hirviendo, que de tan caliente que está hace que se te hiele la sangre y, aún cuando se te quema la piel, tengas la sensación de que está helada—. ¿Te arriesgas a una cuarta partida o ya das tu dinero por perdido?
—Una cuarta estará bien —respondió el chico, esbozando una sonrisa con la que bien podría aparentar que no estaba a un juego de perder mil dólares y su dignidad, que ya de por sí había quedado bastante rasguñada con las tres primeras derrotas—. Pero es un todo o nada. Si ganas, el dinero es tuyo. Si gano yo, me quedo la pasta y elijo el premio de complemento. ¿Aceptas?

Ella sonrió. No era una sonrisa de verdad, pero tampoco llegaba al extremo de ser completamente fingida. Ése era su problema; no se podía saber a qué a tenerse cuando se trataba de sus gestos. Nadie descubriría nunca cómo podían convivir en perfecta armonía esos labios carmesí curvados en una media sonrisa y las palabras dolientes que podían estar a punto de salir de ellos.
Estaba tan segura de que ganaría que no le importaba jugar de nuevo. Le gustaba arriesgarlo todo, la emoción de no saber cómo acabará la noche, la posibilidad de imaginar dos historias completamente opuestas para su vida. Y así, una y otra vez. Un todo o nada constante en el que tan pronto podía estar colgada del sol como atrapada en las redes del infierno.

—Tienes suerte de que me encante combatir las injusticias —respondió de una forma tan insustancial que él nunca sabría si se trataba de una ironía o si lo había dicho en serio.

Colocó las quince bolas en el centro de la mesa y se preparó para ejecutar el primer golpe; aunque sabía perfectamente que, jugase las partidas que jugase, perdería de igual manera. Sólo quería hacer tiempo. Conocer bien a su rival, estudiar todos sus movimientos, aprender sus secretos.

Golpeó la bola blanca y ésta impactó con fuerza en el resto, haciendo que dos de ellas entraran al mismo tiempo en los huecos opuestos de la mesa.
—Lisas —escogió—. Tengo una pregunta —sentenció él de pronto, preparándose para ejecutar un segundo tiro, pero, en lugar de estar observando lo que se había convertido ya en campo de batalla, la miraba a ella—. ¿Por qué el billar y no el póker?

Parecía divertida por la pregunta, así que, sin despegar los ojos de la mesa de billar cuando una bola azul golpeó justo al lado de uno de los agujeros centrales y rebotó para detenerse después en el centro, respondió:
—Qué previsible eres —se mofó, estudiando la posición de las bolas como si fueran simples humanos y ella la fuerza que mueve los hilos de sus vidas—. El póker es lo convencional. Antes jugaba, pero me terminé aburriendo… —contestó, acertando en el centro de la esfera blanca con tal sutileza que parecía imposible que con ese movimiento consiguiera después hacer desaparecer cuatro de las bolas restantes—. ¿Ves? —añadió, volviéndose para taladrarle de nuevo con una de sus miradas, tan fuerte que parecía que de verdad podía ver dentro de él de alguna inimaginable forma. Se acercó unos pasos, que resonaron en toda la sala como amplificados por el choque de sus tacones contra el suelo. Después, cogió al chico de la barbilla y añadió—: Esas caras de sorpresa… Son como un libro abierto. Creo que aprendí a leerlos demasiado rápido, y me cansé de saber siempre cuál sería el siguiente movimiento. Aquí, en cambio… —golpeó la bola blanca una segunda vez, consiguiendo entonces introducir tres de las esferas en sus respectivos huecos—. No sabes qué puede salir mal. Un ángulo mal calculado, una distancia errónea… —en su siguiente movimiento, la esfera blanca rebotó dos veces antes de permanecer inmóvil a un lado de la mesa— … un movimiento en falso y tendrás que limitarte a ver cómo otros actúan por ti.

El chico la miró con desconfianza, seguro de que había decidido fallar a propósito sólo para prolongar su derrota. Consiguió hacer desaparecer una, dos, tres… hasta cinco de las bolas, hasta que finalmente sólo quedaba la última: la negra.
— ¿Sabes? —intervino de pronto ella—. Es curioso lo diferente que resulta a la realidad. Cuando jugamos procuramos buscar sólo un rostro, una forma de enseñarnos al mundo de forma imparcial. En la realidad… Si todo el mundo decidiera enseñarle su verdadera cara al resto, nada tendría gracia. Ni sentido. Al fin y al cabo, en eso empleamos toda nuestra vida; en construirnos unas bonitas máscaras y descubrir qué misterios se ocultan… bajo las del resto.

Él no se detuvo a pensar en ángulos, en distancias o en qué estupideces estaba diciéndole: Sólo golpeó la bola. Blanca y negra impactaron en un fuerte choque, y ambas parecían dirigirse decididamente hacia uno de los huecos laterales cuando los largos y angulosos dedos de la chica se enredaron alrededor de la última bola, haciendo que, así, la blanca fuera la única que entrase en el agujero.
— Qué pena —murmuró, impertérrita—. Nunca sabremos qué hubiera pasado si no la hubiera cogido —añadió, esbozando una enigmática sonrisa—. Espero que al menos el premio que vas a escoger sea interesante. 

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