Sé que decir adiós no es una muy buena forma de saludar a alguien, pero creo que ya sabes que nunca se me ha dado bien todo eso de hacer lo que se supone como normal.
De forma que esto empieza así: Con un adiós.
Quizá en algún momento decida que quizás el saludo con el que me despedí fue quizás algo precipitado, que decidí con demasiada rapidez que, en tu caso, el camino del saludo a la despedida no importaba, como todo lo demás. 

Sólo quiero decirte que me gustaría que no volvieras a molestarme nunca más. Hace ya tiempo que decidí que esto no tiene salida alguna. Estamos inmersas en un eterno bucle sin fin, y, por muy duro o difícil que sea, alguien tiene que cortar el hilo por alguna parte.  

Sin embargo, hay un par de cosas que me gustaría saber antes de perderte de vista de una vez y para siempre. Me pregunto qué ves en ella que no ves en mí, por qué te fijas en cómo se mueve, cómo camina, cómo viste, cómo habla… y no te das cuenta de que yo también podría hacerlo. Mucho mejor. Mil veces mejor.

No sé si es cierto eso que dicen por ahí de que perteneces a ese gran número de cosas que nunca han debido pisar este planeta. Lo que sí sé es que cuando estoy contigo no veo más allá. Nunca me ha gustado jugar al escondite y mucho menos si lo que está en juego son todas las cosas importantes.

¿Sabes? No conozco a nadie más que pueda ser como una luz unidireccional y una venda en los ojos, todo al mismo tiempo. Es triste que en tu compañía sólo pueda ver lo que tú quieres enseñarme, y no haya más camino que el que me obligues a seguir.

Me gustaría pensar que esto es un adiós para siempre, pero sé que vas a volver. Espero que pases mucho tiempo con otras antes de que eso ocurra.

Sé que el tiempo es nada, así que cuando digo que me despido, en realidad estoy suponiendo que en algún momento tendré que volver a decirte “bienvenida de nuevo, envidia” 

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