Un año es un eslabón más de la cadena que es nuestra vida. Un eslabón que se enreda con el resto de una manera frágil, endeble e inconsistente. De nada sirve marcarse metas, propósitos o sueños para esa nueva franja de la cadena si no hemos logrado que el resto de los eslabones se mantengan firmes, invariables e inalterables. Quién sabe cuando decidirán asaltarnos los recuerdos de un pasado que nosotros creíamos enterrado y olvidado. Las personas que se unen a una de las partes de nuestra cadena ya nunca jamás se separan. Aunque nosotros ya hayamos pasado esos eslabones en los que están encadenados, aunque creamos que nada nos ata a ellos; cuando su cadena se rompe, de alguna manera, lo hace también la nuestra.
No importa cuán lejos creamos tener esos momentos, no importa que nos convenzamos de que todo eso ya no tiene efecto alguno en nuestras vidas. Lo tiene.

¿Sabéis lo bueno? Que, de alguna forma o de otra, todos estamos enlazados unos con otros. Formando una red, sí. Una red en la que si un eslabón se rompe, todos lo notamos. Quizás sintamos que nos separamos unos de otros, que rápidamente tejemos redes con otras personas que quizá consideramos más cercanas y buscamos una salida para algo que, en realidad, no la necesita. Porque cada día se rompe algo de esa red. Cada día estamos más lejos de alguien y más cerca de otra persona. Cada día estamos más cerca de comprender que decir adiós no es sino decir hola de una manera diferente.

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