Hurgar en las heridas me resultaba incomprensiblemente reconfortante. Por alguna razón que desconocía, el hecho de sentir dolor me aliviaba. Tal vez porque era lo único que me ataba a seguir buscando una salida al laberinto en que se había convertido mi vida en el último año. Todo lo que me era conocido antes me ahogaba. Y por más que intentaba evitarlo, los resultados no cambiaban. Cada vez que veía un ápice de claridad al que aferrarme éste se desvanecía como si nunca hubiera estado allí. Yo me convencía una y otra vez de que sólo necesitaba un cambio en mi vida, sin darme cuenta de que, posiblemente, el problema no estuviera fuera, en lo que me rodeaba, sino en mi cabeza. 

Y los cambios más peligrosos no eran los que se producían conscientemente, sino los que sucedían de forma inconsciente. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde como para corregirlo. 

Hubo un período de tiempo en el que mis amigos veían normal que estuviera triste, e incluso lo respetaban. Sin embargo, a medida que iban avanzando los meses, la situación no cambiaba. Por más que quería recuperar mi vida, sólo conocía una forma de intentarlo. Trataba de fingir que nada había cambiado y pretendía que todo volviese a la normalidad de forma natural. Pero un día me cansé de fingir. En lugar de explicarles a mis amigos que no quería salir con ellos porque no me apetecía, me inventaba una estúpida excusa para que no se preocupasen. En vez de decirle a mi padre que me iba a Brooklyn a visitar la galería, le mentía para que creyera que había quedado con unos amigos, que para entonces ni siquiera existían como tal. Para justificar mi ausencia a clase durante repetidas ocasiones, no acudía a la verdad, sino que prefería ganarme un castigo o un suspenso antes que admitir que aún seguía afectada por lo que había ocurrido. 

No sabía cómo deshacerme de aquella carga y optaba por fingir que no la llevaba, hasta que, finalmente, me terminé acostumbrando a su peso; y conmigo el resto de personas. Pese a todo, aún había días en que la notaba a mi espalda, cada vez más pesada y difícil de portear, y me veía incapaz de fingir que aún era tan ligera y liviana como antes. 

A veces reflexionaba acerca de lo sencillo que hubiera sido compartirla desde el principio. Sin embargo, todo el mundo tendía a pensar que su carga era la más pesada de todas y a infravalorar las del resto, y yo no quería obligar a nadie a tener que soportar la mía durante años. 

Había distintos tipos de cargas. Algunas de ellas se llevaban durante toda la vida, y otras simplemente permanecían olvidadas con un sencillo cambio de aires. Ese peso extra tenía la curiosa facultad de cambiar a la gente. Podía convertir a la persona más feliz del planeta en pura melancolía, acompañándole durante el resto de su vida y ocupando un hueco que quizá podría haber tomado una persona.

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