Si en estos mismos instantes en los que estoy escribiendo estas palabras me preguntasen por un momento en el que hubiera detenido el tiempo, sería, sin lugar a dudas, ése.
Habría desmontado manualmente todos los relojes del planeta, uno a uno, si con ello hubiera podido permanecer en aquel momento eternamente.
Fue uno de esos días que suceden de forma muy rápida y muy lenta al mismo tiempo. Tenía la sensación de que el universo se había concentrado en ese único instante y después de había expandido rápida y destructivamente, devolviéndonos con feroz brusquedad a un mundo en el que que el tiempo corra es una buena señal.

Fue un amanecer cálido, de esos en los que los rayos del sol hacen cosquillas en la piel durante los primeros segundos y después la muerden con su latente y descontrolado calor, como si estuviesen deseando desprenderse de él cuanto antes.

El mundo entero parecía estar gritándonos algo y nosotros estábamos demasiado sordos como para poder escucharlo con atención.
Las olas golpeaban furiosas el acantilado, retirándose cada pocos segundos para después volver a la carga con más fuerza, deseosas de derribar aquel muro de piedra que, desde su formidable altura, les retaba una y otra vez a derrumbarle. 

No sé si fue el viento, que con su constante y sonoro ir y venir susurraba murmullos sin sentido en mis oídos, pero entonces, lo supe.

Supe que en un mundo más justo y cordial, él hubiera sido mi Felicidad, y yo habría sido aquella chica pelirroja que hubiera esperado sentada tranquilamente el fin del mundo con tal de volver a verle. 

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