— Esta es la última vez que te lo pregunto —dijo por cuarta vez en la noche, mirándome con expresión seria, con la barbilla apoyada sobre sus manos entrelazadas, en una actitud muy propia de su habitual comportamiento—. ¿Cómo se comprueba que alguien te sigue importando? 

Me miré los zapatos como cada vez que hacía esa pregunta. Rojos, de tacón. Como esos que todas las chicas sueñan con tener algún día cubriendo sus pies, como esos que quieres llevar puestos cuando tus deseos se vean por fin cumplidos; como esos que culminan el halo de felicidad con el que por fin te cubres. Tenía los pies pequeños, y los zapatos me quedaban aún muy grandes. Quizá no debí habérselos robado a mi hermana. 

— No lo sé muy bien —respondí por fin, sin atreverme a alzar la mirada—. Aunque no creo que pueda ser tan difícil. Yo siempre pruebo a pensar en cómo me sentiría si esa persona se muriese, ¿sabes? Pienso: ¿si se muere me importaría? ¿lloraría? ¿se me olvidaría al cabo de unos días? 

— Y ahí está la respuesta que esperaba —añadió, poco convencido, alzando mi barbilla en un leve movimiento para obligarme a encararle—. No te puedes adelantar a esas cosas. Es como buscar ser mayor cuando aún no has llegado a ser una niña. ¿Cuándo aprenderás que todo lo bueno y lo malo de este mundo siempre llega por sorpresa? El resto son nimiedades. Cosas sin importancia. Estupideces. Todo lo que merece la pena no sabemos si ocurrirá o no. 
— Sé que algún día me moriré y eso es algo trascendente —alegué, esbozando la media sonrisa que siempre aparecía en mis facciones cuando lograba encontrar unas palabras que contradijeran sus argumentos—. Sé que he nacido y eso es trascendente. 
— Pero no sabes cómo. No está planificado, no puedes controlarlo, ni buscarlo, ni huir de ello -respondió, borrando rápidamente mi sonrisa—. ¿Sabes? Estoy deseando que entiendas que no te conoces. No conoces a nadie. No los conoces hasta que no los ves en alguna de esas situaciones que te alcanzan por sorpresa, o hasta que no te veas a ti misma. Pensar nos humaniza, y, a la vez, nos deshumaniza. Porque cuando no nos paramos a pensar lo que hacemos es cuando verdaderamente somos nosotros mismos.      

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