Hoy en día libertad, sinceridad, justicia, amor, igualdad, solidaridad... todos ellos pugnan por ser el valor primario y universal. Todos ellos se enfrentan en una pacífica lucha ética en la que se intenta establecer qué cualidad es la más importante a desarrollar en la vida. Pero lo universal, irónicamente, es el individualismo. Cada uno quiere lo mejor para sí. Cada cual busca sus propios beneficios y no repara en daños colaterales. La ética y la moral se nos han perdido por el camino. No nos importa qué está bien. No nos importa el camino.

Nos importa llegar cuanto antes y obtener los mejores resultados. Para nosotros, claro. Buscamos edificar nuestros sueños y no nos importa derruir los de otros por el camino. ¡Al contrario! Cuanta más tierra disponible para construir nuestras ilusiones, mejor. Independientemente de dónde tengan que verse obligadas a vivir las del resto. Nuestras vistas tienen que ser las mejores, y si observamos por la ventana algo que nos interese no dudamos en ordenar su derribo. No nos importa qué viva ahí. No nos importa cuánto se haya tardado en construir. Nos trae sin cuidado.

Que el mejor amigo del hombre no es el perro, sino la hipocresía. La sacamos a pasear a escondidas y le damos de comer a diario; la alimentamos con mentiras camufladas y con sonrisas pintadas con lápiz y papel. La observamos crecer y nos sentimos orgullosos de ver en lo que se convierte. Incluso, a veces, le ordenamos atacar a los demás y hacemos que muerda sus ilusiones, sus sueños y sus esperanzas.

Nos enseñan a contar desde que somos pequeños, pero en pocos años se nos olvida qué número va después del uno.

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