Hay personas de indicativo, que se ciñen a la realidad, a lo que existe; lo que conocen. Personas que no pretenden averiguar lo que no se puede saber y se resignan a vivir una vida cuadriculada y sin sorpresas.
En el otro extremo tenemos personas de subjuntivo, cuya vida gira como un satélite alrededor de muchos ojalás, de otros tantos “si hubiera sabido…”, que tienen la cabeza muy bien amueblada y la casa vacía. De esos que no es que piensen antes de actuar, sino que piensan y se olvidan de lo que debería ir después, que se refugian en sus nubes de sueños rotos y esperan a que se les ocurra otro con el que fracasar.
Una minoría es más de imperativo, que por algo no tiene primera persona del singular y sólo un tiempo verbal. Son gente del presente, de las comodidades, de lo efímero. Hoy esto y mañana aquello. El olvidado imperativo, que sin embargo grita más que cualquier otro modo.

Ah, pero ahí no acaba. Luego tenemos a los típicos que van de formas impersonales y pretenden no mojarse en nada. Los participios y los gerundios terminan metidos hasta las trancas en los tiempos compuestos, aunque los infinitivos son más de lo universal y buscan la imparcialidad.

Atención con los pretéritos, que son de los más peligrosos. Al principio parecen melancólicos e inofensivos, pero que les pregunten a los presentes si ellos existirían de no ser por los inocentes pasados. Digo cuidado porque son más que persistentes, y en nada convierten a un presente en dudoso condicional. Que con la experiencia que tiene un pasado el presente se nos desarma y nos quedamos sin él.

Los hay también de futuro, aunque depende de si son más del indicativo o del subjuntivo. Los primeros son de deseos fijos y de ideas definidas. Lo que quieren lo consiguen. Ahora, los segundos, como ya dije, se centran más en el “ojalá” y se olvidan de vivir lo que importa.

Otros ligeramente olvidados son los condicionales, cada vez más numerosos, cuyas acciones dependen de lo que hagan los demás. Les encanta eso de buscar causas perdidas con los subjuntivos y formar bucles sin fin de “que si tu hicieras, yo haría…” que nunca llegan a cumplirse y que terminan en un triste “si tú hubieras hecho, yo habría…”, que por lo menos es un tiempo compuesto y ya no está tan solitario.

Luego están los presentes, más comunes, que se limitan a conformarse con lo que hay y a tolerar las constantes quejas de unos pasados que quisieran haberles conseguido más logros.  

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