Ella es una amalgama de sentimientos contradictorios. No sabe qué quiere querer. Sabe lo que debería desconocer y no busca respuestas a las preguntas que no la necesitan. Porque a veces lo importante es hacer la pregunta, no esperar su respuesta.

Y ella lo entiende.

No gasta saliva preguntando al viento acerca de algo que no importa, ni busca recibir algo más que susurros congelados procedentes de una voz que no encuentra forma de hablar por sí sola.

Pretende que las contradicciones de su vida se esfumen igual que lo hace el humo del infecto cigarrillo que mantiene entre sus labios escarlata.

El efecto resultante es el mismo. El humo se expande y se esfuma tras unos segundos, se camufla con el aire y parece no haber estado nunca allí. Mientras tanto, sus pulmones se quejan en silencio por ser las principales víctimas de ello.

Ella intenta evitar la explosión. Intenta expulsarla por todos los medios. Se mantiene pasiva e indiferente, esperando impacientemente a que se decida a salir por sí misma. Pero no hace más que acumularse y coger fuerza. Busca el momento oportuno para estallar. Espera el preciso instante en el que todo tenga que terminar.

Quiere que acabe ya. Se autodestruye. Busca excusas para lastimarse en otros. Y en ella misma.

No todo es blanco o negro. A veces no consiste en vivir o morir. A veces la opción fácil es vivir dejándose morir lentamente.

Y eso, en el fondo, es lo que hacemos todos. Dejarnos morir.  

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