Todos los días somos un poquito más y un poquito menos. Un poquito más viejos, un poco más tacaños, un poco más egoístas, un poco más maduros, un poco más infelices, un poco más desanimados, un poco más resignados, y a menudo sencillamente un poco más.

Un poco menos felices, un poco menos infantiles, un poco menos alocados, un poco menos inmaduros, un poco menos niños... Y a veces simplemente un poco menos.

Porque un día más es también un día menos. Un día más con alguien es un día menos que te queda para estar con él; independientemente de que estéis toda la vida juntos. La vida se acaba, y el fin puede ser hoy, puede ser mañana o dentro de ochenta años. Pero está ahí.

Quizá haya algo después. Quizá no. No lo sé y no debería importarme. No es sano hacer algo por las repercusiones que acarree. Tampoco es sano no hacerlo. Se hace porque sí o no se hace porque no. Aunque las verdaderas razones sólo las sepamos nosotros. Aunque en realidad, nunca importen las razones, los motivos o las consecuencias. Sólo importa quién eres y que has hecho. Lo que en el fondo es lo mismo; la respuesta a quién eres es lo que has hecho.

¿Importa adónde vamos? ¿Importa de dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí?

Puede que importe. Pero no aquí, ni ahora. ¿Por qué preguntarse por el futuro si cuando lleguemos a él dejara de serlo para convertirse en presente? Una mejor opción es preguntarse por el presente desde el presente. Desde ya.

Todos los días somos un poquito más y un poquito menos. Pero eso no importa. Importa qué seamos más y qué menos. Importa el equilibrio. Demasiado bueno es algo idiota. Demasiado malo es cruel. Demasiado generoso es descuidado. Demasiado avaricioso es egoísta.

Un poco de maldad es buena mientras haya bondad de sobra, pero bondad en exceso es igual de mala que en defecto.

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