Sentir los granos de arena acariciando mis pies descalzos era una de las mejores sensaciones que podían experimentarse un domingo por la noche.
La playa estaba desolada, completamente vacía de no ser por un par de parejas, tumbadas en la arena y envueltas en una burbuja que les aislaba del resto del mundo.

Les envidiaba.

El mundo era feo. A pesar de que también lo fuera para ellos, dentro de aquella burbuja nada importaba más que las pequeñas cosas que había en su interior. El mundo seguía siendo feo a su alrededor. Nada impedía que siguiese habiendo crímenes, asesinatos, mentiras y engaños. Pero a ellos, ciegos en su feliz ignorancia, no les importaba en absoluto.

Lo peor llegaba cuando alguien, sin previo aviso, colaba una fina aguja por las frágiles paredes de esa burbuja. Un nimio problema, unas sinceras palabras, y todo acababa.
La felicidad se esfumaba mucho más rápido de lo que había llegado, y el camino para recuperarla era arduo y complicado, suponiendo sacrificios, lágrimas y dolor.

Pero al fin y al cabo, la vida consistía en un precario equilibrio. Si no existiera tristeza, tampoco sería necesaria una felicidad que la contrarrestara. Si no existiera dolor, no haría falta que el placer equilibrara la balanza.
La monotonía podía resultar peligrosa, pero una montaña rusa de la que nunca se puede bajar marearía a cualquiera. Era confuso y frustrante.

En un instante salía el sol, y al siguiente podría producirse la tormenta del siglo. Y lo peor de todo era no estar preparado para lo que iba a abalanzarse sobre ti, tragándose sin compasión todo tu pasado y casi arrancándote las lágrimas de los ojos.

Luego llegaban los recuerdos. Cualquier tiempo pasado se recordaba más feliz que un presente. Pero resultaba fácil percibir la felicidad cuando es ajena. Prácticamente todo el mundo procuraba mostrar una engañosa sonrisa, se acostumbraba a decir palabras bonitas y acumular una gran cantidad de disculpas.
Desde fuera, parecían felices. Pero experimentar en carne propia tan ansiado fin como era la felicidad se antojaba irrealizable para la mayor parte de nosotros.
Caminé con lentitud hacia el muelle, sujetando con la mano derecha los desgastados cordones de unas deportivas viejas.
Una vez allí, sentí el leve crujir de la madera cuando me senté en una de las vallas laterales.
A mi espalda había varios metros de caída con el mar como fondo, esa noche en calma a pesar de las suaves olas que abrazaban la arena y se marchaban tan rápido como habían llegado.

El suave tacto de la madera al acariciar con la yema de los dedos la pulida tabla que formaba parte de la valla  junto con la suave brisa marina que arrastraba un olor familiar me devolvió de una sacudida al pasado.

Cerrando los ojos, me permití recordar.

Etiquetas: ,