Han pasado ya doce años de aquel día.

Dicen que los primeros recuerdos que almacenamos en nuestro cerebro suelen tener lugar entre los tres y los cinco años, y que, la mayor parte de las veces, van ligados a caídas, decepciones, o sucesos impactantes.

Éste es el primero que yo recuerdo.

El sol resplandecía como tantas otras veces en el despejado cielo de California, y las nubes habían decidido esconderse para no robarle protagonismo.

Sentía la calidez de unas familiares manos haciéndome varias trenzas en el largo pelo rubio que caía en cascada hasta un poco más allá de mis hombros. Mi madre permitía que mis ojos curiosos vagasen por lugar. Me enseñaba el mundo. Lo bueno, lo malo. Me dejaba verlo todo.

Pero de haber sabido lo que se avecinaba después hubiera tapado mis ojos para que aquel recuerdo no se afianzase en mi memoria y, de ese modo, condicionase gran parte de mi futuro.

Dicen que los primeros recuerdos que almacenamos en nuestro cerebro son condicionantes del resto de nuestra vida. En la mayor parte de las ocasiones, funcionan del mismo modo que lo hacen los sueños: Ni siquiera los recordamos, pero son parte de nuestra vida. Están en nuestro cerebro. Nos condicionan, nos aplacan, nos atan y nos limitan.

A veces no somos conscientes de cómo nos comportamos hasta que lo recordamos tiempo después. Entonces vemos con claridad nuestros fallos y nuestros pasos en falso.

Estoy segura de que él se arrepiente de haber condicionado su vida desde aquel momento. Estoy segura de que mi hermano ni siquiera lo recuerda como yo lo hago, pero eso no ha impedido que aquella soleada mañana haya supuesto un antes y un después en su vida.

Como todo. Cada segundo, cada instante, es un antes y un después. La realidad es un entramado de acciones ligadas unas a otras, y la ausencia de una de ellas implica la desaparición de todas las posteriores. Un cambio, por ínfimo que sea, y tu vida dejará de ser la misma para siempre.

Aún recuerdo su expresión de confusión ante las palabras de mi padre, que le zarandeaba cogiéndole del brazo, quizás con excesiva fuerza.

Fue la última vez que vi llorar a mi hermano. Desde aquel día no volvió a hacerlo, al menos no en mi presencia, ni delante de la gente que le rodeaba. Ni siquiera dentro de su círculo de amigos.

Nunca volvió a hacerlo. Pero yo lo recuerdo como si fuera ayer. Sus ojos, totalmente grisáceos entonces, miraban sin entender a un padre que le exigía sin piedad que madurase. Él no tenía más que seis años.
— ¡Sólo se la he dejado a Doug porque se le ha roto la suya! —se explicaba el niño, enjugándose las lágrimas con la manga de la camiseta.
—Me da igual, ¿me oyes? —exclamaba mi padre, zarandeándole con más fuerza y dirigiéndole una mirada demasiado seria para unos ojos que miran a un hijo—. Aprende de una vez que lo tuyo es tuyo y nadie se va a preocupar de dejarte a ti nada cuando se te rompan tus cosas.
—Pero yo no iba a usarla. ¡Sólo se la he dejado un rato! —protestaba, evitando mirar a su padre para que no leyera el miedo en sus ojos—. Él ni siquiera me la pidió.
— ¡Con más razón, idiota! —le reñía el hombre, decidiéndose a soltarlo, con tanta brusquedad que el niño por poco tropieza y cae hacia atrás—. No ofrezcas nada que no te pidan o terminarán dando por hecho que pueden sacarte todo lo que quieran.

El niño asintió, quizás por miedo, quizás para que su padre se sintiera orgulloso, tal vez para que le dejara en paz.

Pero la lección nunca se le volvió a olvidar.

Etiquetas: ,