Quizá esa sea la razón.
Tal vez, yo también esté acostumbrada a ser la segunda, si no es la última, en todo. Tal vez por eso me afecta de tal manera el hecho de que él siempre sea el estúpido, el débil, el bocazas, el imbécil, el segundo, el último. Porque yo también lo he sido. Y lo soy, aún.
Es ese maldito pesimismo que aflora al mínimo contacto, que se expande como el cáncer por todo el organismo hasta que te corrompe por completo, hasta que te sume en un estado de casi sopor. De vagancia absoluta, de maldito pasotismo. De ensimismamiento. De que nada te importa cuando todo te importa.
Y precisamente por eso, porque todo importa, todo cuenta, intentas destacar. Intentas ensalzar tus virtudes y ocultar tus defectos. Tratas de esbozar una sonrisa cuando se te pide sin palabras y de encontrar las palabras que siguen a una sonrisa.
Te convences de que eres el mejor en algo y vas a por ello con todas tus fuerzas.

Hasta que te caes.

Y entonces, la rueda sigue girando y descubres que has llegado de nuevo al principio. A lo más bajo, al suelo. Que por mucho que intentes levantarte siempre vas a volver a acabar en el suelo, y que, quizás, limitándote a sentarte con las piernas cruzadas consigas evitarte sufrimiento, a pesar de que tengas que observar y evitar a toda la gente que camina y se levanta a tu alrededor.

Te presionan. A empujones, golpes, y alguna que otra patada te obligan a levantarte o morir allí. Te obligan a luchar por un lugar privilegiado, a hacerte un hueco en una competitiva masa de millones de personas.

Y es que hay millones de cosas en las que ser el mejor; y millones de días para encontrar la tuya.

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