Hace frío. Siento el temblequeo de mis dientes, chocando unos contra otros en una respuesta fisiológica que intenta advertirme que es mejor volver a casa. Más prudente. Quizá debería hacerles caso, de la misma forma que debería hacer caso de todas esas instrucciones en mi opinión estúpidas. Yo soy de esas personas que les quitan el plástico de protección a las pantallas de los móviles, aún a riesgo de que puedan rayarse. Soy de esas personas que ven llover por la ventana y se les olvida coger el paraguas. Que hacen la maleta a última hora y siempre olvidan algo en casa. Que sienten lo que dicen, dicen lo que piensan; pero no piensan lo que dicen o sienten.
Esta noche truena, llueve y la única luz que ilumina las calles después del apagón aparece cada varios minutos en forma de rayo.
Mientras tanto, intento no perder su silueta a lo lejos. Pero es difícil buscar algo que no quiere ser encontrado. Es difícil seguir algo que se empeña en que pierdas su pista. Es difícil querer a alguien que lucha porque le olvides.
Pero si alguien sabe luchar, esa soy yo. Las causas perdidas no están hechas para mí. Siempre hay una razón, siempre hay un motivo que te empuje a seguir peleando. Aunque tengas cien razones para desistir, para abandonar, siempre habrá al menos una que te invite a seguir intentándolo.
Mi razón, hasta ahora, era él.
Siempre he dicho que las marcas que nunca se borran son las que nunca se escriben. Son las que tienes en forma de lágrimas en las mejillas, de caricias sobre la piel, de te quieros al oído, de brazos que te arropan y de besos en los labios.

Etiquetas: