Me senté torpemente, sintiéndome como una niña tonta que eludía su contacto porque tenía miedo de necesitarlo después.
Segundos más tarde me di cuenta de que tener miedo de necesitarlo significaba que ya lo hacía.
— ¿Alguna vez te has enamorado? —pregunté en medio de otro incómodo silencio, arrepintiéndome por tercera vez en la noche de no ser una de esas personas inmunes a sus efectos.
—Creía que sí —Enseguida supe en quién pensaba al pronunciar esa respuesta—. Pero ahora no lo creo.
— ¿Y por qué has cambiado de idea?
—Creo que me obsesionaba tanto el pensar que la quería, o que tenía que quererla, que terminé por hacerlo real de alguna manera —explicó, encogiéndose de hombros. Me di cuenta de que no le gustaba ese tema—. Además, ahora que empiezo a saber lo que es tener que preocuparse por alguien me parece demasiado complicado como para haberlo hecho antes.
— ¿Tener que preocuparte o simplemente hacerlo?
—En el fondo es lo mismo —respondió—. Es como… si fuera una obligación. Es tan natural como levantarte cada mañana, como pestañear, o incluso respirar. No es algo que se pueda evitar, por muy descabellado que sea lo que tengas que hacer. Irte a las tres de la mañana a buscarla a un bar, por ejemplo —contestó—. O salvarla dos veces de las manos de unos gilipollas. Te diría que también es invitarla a pasar la noche en tu casa sabiendo que en realidad miente cuando dice que no tiene llaves, o ponerte celoso al verla con otro y tener ganas de desfigurarle la cara a cualquiera que se le acerque demasiado… Pero creo que eso es algo más que simplemente preocuparse.
— ¿Y entonces qué es? —pregunté, notando el corazón tronar en mis oídos como si le hubiesen instalado amplificadores.

Ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos. Fuera cual fuera la respuesta, implicaría algún cambio. Supondría un avance o un retroceso. Sería un paso hacia delante o hacia atrás. Sería un deseo cumplido o una desilusión. Un beso o un simple adiós.
El contacto de sus dedos correteando por mi piel hasta abrazar mi cintura con suavidad me hizo estremecerme.
—Podía ser muchas cosas —susurró en mi oído—. Pero a veces no hace falta ponerle un nombre.

Y así, sentados muy cerca el uno del otro, me atrajo hacia sí para besarme. Al principio recibí sus labios tímidamente, cohibida al encontrarme de pronto rodeada por sus brazos, sólo por el hecho de que nunca había experimentado esa sensación como entonces.
Rodeé su cuello con las manos, permitiendo que una de ellas jugara al escondite entre su pelo, y correspondí a su beso con más anhelo, hasta que su intensidad provocó que Kenton se separase con un jadeo ahogado, esbozando una ufana sonrisa.
—Deberías irte a dormir un poco —dijo.
—Sólo si tú vienes conmigo.

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