Llevaba varios días dando vueltas sin rumbo, recorriendo todas las habitaciones, preguntándome si me lo encontraría en alguna de ellas. Por una parte, no quería verle. Me había hecho daño la última vez; pero soy una de esas personas que aguantan los golpes como si fueran sacos de boxeo. Es por eso por lo que habitualmente la gente utiliza a gente como yo para desahogarse.
Pero por otra parte, estaba deseando que apareciera tras alguna de esas puertas. Estaba deseando verle esbozar esa sonrisa socarrona, revolverse el pelo cuando está nervioso y propinarle furiosos puñetazos a la pared cuando algo le molesta.
Aunque, últimamente, parecía que una de las cosas que más le molestaba era precisamente yo.
Por eso maldije mi torpeza interiormente y con un par de gruñidos en voz alta, cuando al abrir con demasiada fuerza la puerta que conducía a la azotea estuve a punto de llevármelo por delante.
— ¿Pero qué cojones te pasa? —preguntó, apartándose de golpe, justo antes de girarse para ver quién había abierto la puerta con tal ímpetu. Nada más verme ladeó la cabeza para evitar cualquier tipo de encuentro entre nuestras miradas.
Dejé escapar un resignado suspiro, tratando de armarme de valor, y recordándome en silencio que ya había pasado demasiado tiempo y que la situación se nos iba a ir de las manos. Había que hacer algo, y había que hacerlo justo en ese momento.
Hablar. ¿Tendría que empezar yo?
Conociéndole, sí.
Así que me tomé unos segundos de respiro para pensar cómo empezar, porque con él todo podía malinterpretarse. Todo podía tomarse con una intención cualitativamente diferente de la original; todo podía hacer que reaccionase de manera desmesurada. Porque si un adjetivo le definía a la perfección, ese era el de imprevisible.
Tomé aire durante un par de segundos, y justo después de soltarlo por fin me decidí a decir algo:
— ¿Podemos hablar?
—Estamos hablando, ¿no lo ves? Hablamos —respondió sin mirarme, recortando en un par de pasos la distancia que le separaba de la barandilla. Justo entonces, pareció pensárselo mejor y decidió que sería oportuno añadir algo más-: ¿Qué pasa? ¿No te quedó suficientemente claro lo del otro día? Ya te dije que no me interesa nada de lo que tú puedas ofrecerme. Nada, ¿lo entiendes?

Me esforcé por hacer que mis pies permanecieran clavados en su sitio, tratando de construir rápidamente un muro por el que no penetrasen sus comentarios hirientes. Si algo había aprendido durante los últimos meses, era a distinguir cuándo estaba fingiendo y cuándo no. Se le daba bien fingir, hacer teatro. Se le daba bien hacer creer a los demás ciertas cosas que no eran ciertas, cosas que le convenía que creyésemos.
— ¡Eres un maldito cobarde! ¡Y un hipócrita! —chillé, fuera de mis casillas—.Y no te atrevas, ni se te ocurra preguntarme ahora el porqué. Pregúntatelo a ti mismo. O mejor; ni siquiera te molestes en hacerlo. Porque ya lo sabes. Sabes perfectamente que, digas lo que digas, nunca serás capaz de arriesgarte por nada. Te da miedo el cambio. Te asusta quedarte solo, quedarte sin nada. Te aterra. Y por eso, por eso, Jared, eres un maldito cobarde; y un hipócrita por no saber admitirlo.

No sé si algo en mis palabras le hizo reflexionar, o si las escuchó siquiera, porque nada en su lenguaje corporal me permitía saber qué se le estaba pasando por la cabeza en ese mismo instante.
Estaba de pie frente a mí, de espaldas, con las manos hundidas en los bolsillos y una actitud más bien tensa. Pero no daba muestra alguna de haberme escuchado.
— ¿Esa es tu excusa? ¿Esa es la excusa que buscas para que no quiera estar contigo?

Zas. Qué rastrero. No pude hacer más que permitir que mi mirada descendiese hasta encontrarse de frente con el suelo, pugnando porque las lágrimas no invadieran tan rápido mis ojos. No, porque eso es lo que él estaba intentando conseguir. Quería hacerme daño; quería hacerme huir de ese modo.
Pero en realidad el que huía siempre de todo era él, escupiendo sucios comentarios que en realidad ni se le pasaban por la cabeza.
—Sé que te da miedo.
— ¡No me vengas ahora con esas, joder! —No tardó en explotar, girándose bruscamente para encararme, lo que me obligó a alzar la mirada para seguir sus movimientos—. Tú sí que eres una hipócrita. Y, si me permites añadirlo, una egoísta. Quieres que esté contigo, pero no te esfuerzas por intentar olvidarle a él.
— ¡No es tan sencillo! ¡No es como apretar un botón, y que de pronto todo desaparezca en cuestión de segundos! ¡No es tan fácil! ¡Nada es tan fácil, Jared, maldita sea, pero no por eso deberíamos dejar de intentar conseguirlo!
— ¿Y qué quieres? ¿Qué me coma más hostias, eh? ¿Cuántas hacen falta? ¿Dos más, tres, serán suficientes?
— ¡No hablo de eso! Para ti es muy fácil meterte en una pelea. Una pelea con puñetazos, me refiero. Pero, en cambio, te resulta prácticamente imposible luchar contra ese maldito orgullo que no te deja decir ni una sola vez lo que piensas.

Me dediqué a estudiar su expresión durante los segundos siguientes. Poco a poco, pareció ir ablandándose, hasta que finalmente relajó los hombros, dejando escapar el aire de sus pulmones, y se decidió a intervenir con más calma:
— ¿Quieres que te diga lo que pienso? Porque no te va a gustar. Por muy bonito que pueda ser, o por muy bien que pueda sonar, no te va a gustar.
—No es cuestión de lo que yo quiera; es cuestión de lo que tú necesites.
—Está bien, sí. Estoy acojonado, ¿vale? Estoy acojonado porque me… Me importas demasiado. Y no es que a mí se me de muy bien eso de mantener las cosas en equilibrio, así que dudo que sea recíproco de la misma manera. Y no, antes de que digas nada; sé que te importo. Ya lo sé, lo sé desde hace mucho. Pero nunca será de la misma manera. No pretendo ser un hipócrita ni un iluso. Tú le quieres. Y de verdad, te lo digo en serio, me gustaría poder decir que estoy dispuesto a compartirte, que no me importaría, que no me supondría ningún esfuerzo y que podría estar así eternamente.

Pero sería mentira.

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