Mientras las manecillas del reloj se movían tan rápido como si el aire las empujara sin descanso con un soplo de incesante viento, yo esperaba como tantas otras veces a que el autobús llegase de una vez a mi calle, aunque aquel día no tenía pensado realizar el trayecto habitual.
Por fin, lo vi aparecer justo al inicio de mi campo de visión y no tardé en levantarme al unísono con el resto de la gente que estaba esperando. Algunos parecían tener prisa. Las expresiones de otros parecían indicar que viajaban sin rumbo fijo.
Entré la última para poder hablar con calma con el conductor. Tras pagar el correspondiente dinero para un viaje, acerté a preguntar:
 ¿A qué hora termina el último trayecto?
 A las 24:00. Pero usted solo ha pagado por una ida.
— ¿Cuánto me cobraría por no bajarme hasta que finalice el último viaje?
 ¿Adónde se supone que quiere ir usted? refunfuñó el conductor, yendo directamente al grano y decidiendo arrancar el bus de golpe, obligándome a agarrarme rápidamente a una de las barras verticales para no caer de bruces contra el suelo.
 Aquí. No quiero ir a ninguna parte Sí, quizá dicho en voz alta sonase demasiado extraño, demasiado a cuento de hadas. Pero algo en mi expresión le hizo entender que iba en serio—. ¿Con esto será suficiente? inquirí, dejando sobre el mostrador un arrugado billete de cincuenta euros. Podía sentir las miradas curiosas del resto de los pasajeros clavándose en mi nuca, pero poco me importaba ese hecho entonces.
El conductor esbozó una extraña mueca de desaprobación, mirándome como si simplemente fuera una niña caprichosa que quiere largarse de casa un rato y no tiene otra plan mejor para el día que meterse en un bus durante cinco o seis horas.
 Está bien cedió por fin, guardando el billete.

Yo, por mi parte, me dirigí a uno de los asientos de la última fila, junto a la ventana. Encendí distraídamente el iPod y me puse los cascos, como tantas otras veces, preparada para buscar respuestas de la única forma que me resultaba eficaz.
Me gustaba viajar. Es el único momento en el que puedes sentir que no perteneces a ningún sitio; que, de algún modo, eres libre. Que no hay nadie que te controle, o que te juzgue. Que te mire por encima del hombro. Nadie para decirte lo que tienes que hacer. Puedes incluso jugar a ser otra persona porque no hay nadie que te conozca para afirmar lo contrario. Al fin y al cabo, ¿quién te conoce mejor que tú misma? Nadie más debería tener el valor de decirte cómo eres.
Puedes inventar otra vida para escapar durante unos instantes de la tuya, o puedes imaginar la historia de la gente que te acompaña en el viaje, e incluso de los que están tras el cristal de la ventana, en la calle, totalmente ajenos a que alguien está modificando su vida de algún modo, a que alguien, de una extraña manera, acaba de entrar a formar parte de su vida.
Pero lo mejor es que puedes encontrar respuestas en una mirada, en una conversación que no deberías escuchar, en un gesto de un desconocido.
Puedes ver pasar la mañana, que se convierte en tarde y que luego da paso a la noche. Ver las nubes que antes estaban sobre tu cabeza y horas después han desaparecido bajo el oscuro manto de la noche. ¿Quién se las lleva? ¿Adónde van? ¿Quién las estará mirando ahora?
Horas después.
 ¡Pare! exclamé de pronto. Mi respuesta estaba allí, fuera, con la forma de un chico de unos dieciocho años, que caminaba tranquilamente por la calle, ajeno a lo que ocurría en el interior de un autobús.

Le había conocido semanas atrás, una noche como otra cualquiera. Seguramente del mismo modo que otra chica cualquiera, en otra ciudad cualquiera, a una hora cualquiera. Tantas historias iguales; pero en el fondo siempre hay algo que las diferencia.
No sabía su nombre, y lo único que él sabía de mí era el lugar donde vivía.
 ¿Crees en el destino? me había preguntado entonces.
 Sí, ¿por qué no?
 Entonces no te hace falta saber mi nombre, si debemos volver a encontrarnos así será, ¿no? -y con esa frase se despidió, sin dejarme ni un segundo para poder replicar. Tal vez en esos momentos el destino no fuese tan fiable como para confiarle un futuro encuentro con una persona. Una ciudad es muy grande. El mundo es muy grande. Incluso sabiendo su nombre, ¿había posibilidades de encontrarle de nuevo?

Estática frente a la puerta, esperaba impaciente a que se abriera, pero el conductor farfulló algo similar a "no está todo a la disposición de una cría" y siguió en marcha, únicamente diciendo:
 Bájese en la próxima parada. Y ahora, apártese de la puerta.

A veces las respuestas se nos escapan de entre los dedos, escurridizas.
O se nos olvidan.
Cruzada de brazos, tras lanzarle mi mejor mirada fulminante al malhumorado y viejo conductor, regresé a mi asiento. ¿Es que nadie quería colaborar con el destino?
Allí estuve, ausente, hasta poder bajarme por fin donde me había obligado a hacerlo el conductor.

Sólo a veces, las respuestas son las que te encuentran a ti por sorpresa.
 Creía que sería oportuno echarle una mano al destino.

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