¿Alguna vez has sentido que todo va mal? Pero mal de verdad, no por quejarse. Cuando ni siquiera lo que mejor se te da es como debería ser. Algo no funciona bien en ti por mucho que lo intentes. Te sientes impotente porque no sabes que hacer, porque por más que lo intentas todo ha cambiado irremediablemente.
Intentas volver a la normalidad; ser quien siempre fuiste y quien siempre pensabas que serías. Pero lo más probable es que tuvieras un concepto erróneo de ti mismo...

Lo más duro es la caída. Darte cuenta de que toda tu vida hasta ahora, es falsa. Darte cuenta de que no eres como eres, sino como te consideran los demás. Da lo mismo lo que pienses tú, eso aquí no importa. Inevitablemente lo que cuenta es la opinión de los demás sobre ti.

Quizá te sentías especial por algo. Es muy duro que de pronto, sin previo aviso, te arrebaten aquello en lo que eras especial. Tal vez en lo único en lo que eras diferente, distinto, lo que, en definitiva, te identificaba.

Y ahora estás sin identidad... No sabes ya ni quién eres. Tratas de buscarte, pero tampoco sabes dónde estás ni que haces allí. Rodeado completamente por desconocidos a los que creías conocer, tampoco sabes a quién preguntarle el camino.

Seguramente intentes encontrarlo por tu cuenta. Ese camino por el que has estado andando tantos años, hasta que de pronto tomaste un desvío, o quizás alguien te empujo, o decidiste acompañar a otra persona a buscar su camino... Y entonces perdiste el tuyo.

Lo único que sabes ahora mismo es que todo lo que pensabas de ti es mentira.

Sencillamente ya te da igual todo. Te da igual perderte una de tus series favoritas de los jueves a las nueve y media. Te da igual quedarte en casa sola un día. Y otro, y otro más, lo que al final se acaba convirtiendo en algo rutinario. Sabes que así no haces más que empeorar la situación. Es como si pensases que llegará un momento en el que todo llegue al límite, explotará y volverá a ser como antes.
Aunque en el fondo sabes que también es mentira. Quizá el que explote seas tú.

Y cuando encuentras un momento en el que escaparte de tu amargura particular, de tu soledad, sigues perdido. Porque te has acostumbrado a la soledad, a que la mitad de tu familia viva a 300 km de ti y a que tu padre llegue a las diez de la noche a casa.

Te has acostumbrado, por fin, a callarte cuando algo te duele y sobrellevarlo de la mejor manera posible. Te has acostumbrado a aguantar solo todo lo que venga. A no quejarte, a no replicar, a no preguntar... A no sentir,prácticamente. Te has acostumbrado a aceptar las críticas que llueven sobre tu cabeza, asimilarlas aunque no las consideres ciertas y por supuesto, a volver a callarte. Te has acostumbrado a no luchar por nada porque, sí, estabas acostumbrado a que te lo dieran todo hasta hace poco tiempo. Te has acostumbrado a no acercarte a nadie por las muchas veces que luego se han alejado de ti. Te has obligado a no echar de menos, a no necesitar, a saber hacer las cosas por ti mismo. Te has puesto seguramente metas demasiado altas, metas que sabes que no vas a cumplir. Aunque pensases que llegarías fácilmente, cada vez las ves más inalcanzables, y observas como otros llegan antes que tú. Y te has acostumbrado a tirar la toalla demasiado pronto. Te has acostumbrado a sobrellevar la frustración de no ser quien creías ser. De no llegar a esas medidas que te habías propuesto. De no hacer lo que se espera de ti. De no ser quien la gente cree que eres.

Pero sobre todo, te has acostumbrado a callarte especialmente todas estas cosas... Aunque sabías que en algún momento terminarías soltándolas.

Etiquetas: ,