— ¡Dime qué tengo que hacer! —exclamé, empuñando con manos temblorosas una pistola, con el dedo índice inmóvil sobre el gatillo. Me debatía sin emitir sonido alguno, excepto por el acelerado ritmo de mi respiración, mientras reflexionaba sobre las ventajas y los inconvenientes de llevar a cabo lo que me había propuesto, o desistir y dejar caer el arma, rendirme ante ella.

Ella, que sin embargo, no se inmutó. No varió su postura, agazapada en una esquina, justo frente a mí, clavando sus ojos de plata en los míos, tratando de buscar una mirada, algo que le permitiera conectarse de nuevo conmigo.
Pero yo no quería mirarla. Quería acabar con el sufrimiento, quería que dejase de obligarme a hacer lo que debía.

La había perseguido hasta, no sin esfuerzo, acorralarla al final. Pero ahora que la tenía delante no podía moverme, no podía culminar la tarea que tanta planificación tenía detrás; que con tanta determinación había decidido llevar a cabo.

Se levantó.
No tardé en elevar unos centímetros la pistola para continuar apuntando exactamente a su frente.
Si ella moría, una parte de mí moriría con ella.
Pero no iba a ser tan sencillo. Estaba seguro de que intentaría hacerme cambiar de idea, como siempre.
Y, efectivamente, sólo hicieron falta un par de instantes para que salvase la distancia que nos separaba. Siempre pensaba lo mejor de la gente. Aún en esa situación, no me consideraba capaz de segar definitivamente su vida, de apagar su alma.
Sus dedos rozaron tímidamente la mano que albergaba el arma, obligándome en silencio a hacerla descender despacio.
— No quieres hacerlo. No quieres —me aseguró, con una voz terriblemente lastimera que al mismo tiempo resultaba convincente.
— Sí quiero. ¡Sí quiero, joder! —intenté convencerme a mí mismo en voz alta— Pero no puedo. Estoy harto de hacerlo bien. Siendo generoso no se gana. No quiero ser siempre el segundo, el peor, el más débil. Quiero que mueras, quiero que me dejes vivir tranquilo. Sí quiero.
— Tal vez deberías pensar qué es lo que se gana perdiendo. A veces el segundo premio tiene un valor potencialmente mayor que el primero.
— ¡Nada! ¡No me creo nada! ¡No gano nada! —Y como si esas palabras hubieran pulsado un invisible interruptor situado en el interior de mi cuerpo, algo me obligó a alzar el brazo, liberándome del suave y a la vez férreo contacto de su mano.
Y, entonces, disparé.
— Estúpida conciencia.

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