Cada persona lleva un número tatuado en lo más profundo de su personalidad. Un número que la describe en su totalidad. Hay personas que son un uno, personas malas. Que hacen daño. Que hieren. Que separan. Que entristecen. Hay doses, treses, cuatros, cincos, seises, sietes, ochos, nueves... Y dieces. Personas brillantes. Personas que lo hacen todo bien. Que saben ocultar los pocos defectos que tienen. Que son generosas. Que lo dan todo lo por los demás. Que son inteligentes. Que son.... Brillantes.
También hay números raros. Sí. De esos que tienen cifras decimales interminables, de esos que no se pueden encasillar en ningún grupo, porque ni siquiera se conocen totalmente.
Lo que está claro es que, en el fondo, las únicas afiliaciones que pueden perdurar son las de los números iguales o similares.
Los unos con los unos, los sietes con los sietes, los dieces con los dieces... ¿Por qué va un diez a conformarse con un simple seis, o un mero siete? ¿Por qué, teniendo otros dieces a su disposición...? ¿Es que un uno podrá acceder alguna vez a un cinco, o a un seis? ¿Ese tipo de relaciones funcionan, entre personas tan distintas?

Los polos opuestos se atraen.

Quizás. Pero si lo vemos de este modo, ¿un uno y un diez son polos opuestos? ¿Son dos caras de la misma moneda? ¿O más bien son... Distintos niveles? ¿Tienen las personas capacidad de ascender? ¿Y los números? ¿Un diez puede conformarse con un cuatro y un seis? ¿Es lo mismo? Al fin y al cabo, todos somos números.

Un número de entre seis mil millones. Una persona de entre seis mil millones.

Etiquetas: ,