Uno tras otro, cada vez dejaba atrás más escalones de la interminable escalera. No se escuchaba otra cosa aparte del sonido de las gastadas zapatillas de deporte chocando contra el suelo. Me detuve frente a la puerta, dubitativa.
¿Qué me iba a encontrar nada más cruzarla?
Alcé mi antebrazo para alcanzar el pomo, pero a mis dedos sólo les dio tiempo a proporcionarle una suave caricia antes de soltarlo de nuevo.

Seguro que estaba enfadado. Pero, ¿debía pedirle disculpas?
Nunca me había parado a pensar por qué no las soportaba. Quizá las había escuchado demasiado. Tal vez demasiado poco. En cualquier caso, ¿qué problemas habían estado presentes en su pasado? Jamás hablaba de ello, ¿serían entonces tonterías? ¿O por el contrario era algo realmente grave?
Sin darme cuenta, llevaba ya cinco minutos estática frente a la puerta. Un fino tablón de madera conformaba un muro muy difícil de salvar. Pero no sólo ocurría con algo sólido, algo palpable. En infinidad de ocasiones, incluso el aire entre nosotros parecía mucho más denso. Como si incluso un cúmulo de gases tuviera más fuerza que yo misma, como si me retuviera para que no me acercase demasiado a él. Como si me fuera a producir cortes el moverme demasiado rápido. Como si él fuera un fuego al que nadie se puede acercar demasiado, como si su mero contacto quemara. Porque si te acercas, te hace daño. Te haces daño.
Nunca le había abrazado. Al menos, no por su parte. Sí había habido de esos abrazos no correspondidos, en los que no hay ninguna conexión. En los que no se transmite nada.

Inspiré hondo y, armándome de valor, empujé la puerta de un solo golpe con las palmas de las manos.
Y allí estaba. Apoyado contra la barandilla, a decenas de metros de caída, con la ciudad a sus pies. Y aun así, estaba casi segura de que ni siquiera en esa posición de clara superioridad sería capaz de sentirse por encima de cualquier otra persona. Aunque expresara lo contrario. A pesar de que se esfuerce porque parezca que todo va bien, que nada le importa. Todo importa. Todo tiene trascendencia. La vida es similar a un reloj de arena. Cada grano cuenta, cada segundo marca la diferencia.
No se dio cuenta de que había entrado, así que, con prudencia, me acerqué a él por detrás hasta situarme a su lado.
 ¿Qué haces fumando? ¿No lo odiabas? pregunté con cautela, al verle expulsar el humo del cigarro con infinita tranquilidad.
 ¿Te molesta? ¿Sí? Pues ahí tienes la puerta contestó hoscamente, sin girarse, sin moverse, sin inmutarse en absoluto.
No tenía pensado achantarme, de eso ya me había mentalizado antes de subir hasta allí para nada. Pero sabía que había una frase, una palabra, quizás un gesto, algo que le hiciera reaccionar. Algo trascendental. Algo que cambiara esa expresión instalada en su rostro que tan poco me gustaba. Me crucé de brazos, poco dispuesta a marcharme.
 No me da la gana. Apaga eso.
— ¿Qué cojones te pasa, eh? ¿No puedes dejarme en paz o qué? Lárgate Frunció el ceño al preguntarme aquello, con su mejor tono rudo, todavía sin cruzar sus ojos con los míos.
Si no le conociera lo suficientemente bien, pensaría, y con razón, que quizá me odiase. Pero yo había descubierto su tapadera. Había conseguido derribar una pequeña parte de ese muro de indiferencia con el que se protegía. Y eso le molestaba más de lo que le gustaría demostrar.
 Me pasa que estoy harta de que siempre hagas lo mismo. Estoy harta de que te escondas Pude ver una mueca de desagrado dibujarse en sus facciones cuando escuchó esa última palabra- Sí, esconderte. Cada vez que alguien trata de ayudarte, huyes. Cada vez que se te acercan, te alejas. ¿Qué ocurre?

Etiquetas: ,