Caía al vacío. Sentía el corazón anclado en mi garganta, bombeando la sangre con un rápido, seco y fuerte sonido sordo. Tragué saliva con intención de hacer que volviera a descender al lugar que le correspondía realmente.
El viento azotaba mi rostro con una fuerza punzante y mi estómago cabia en un puño de lo comprimido que estaba.
No veía el suelo. La luz era de un tono grisáceo deprimente y los colores parecían haberse escondido tímidamente tras las esponjosas e inertes nubes blancas.
Choque. El suelo, presente de repente, se aproximo a mi cuerpo con velocidad vertiginosa.
Pero no dolía.


Desperté.

El contacto de mi piel con las sábanas se me antojó extraño, lejano e irreal. Abrí con lentitud los ojos hasta que se adaptaron a la latente oscuridad.
Escuchaba el sonido de otra respiración que no era la mía, alguien revolviéndose en un sopor inquieto, y mis pies rozaron el congelado suelo de mármol.
Notaba el contacto de la helada corriente que se abría paso por la ventana y mecía con suavidad las cortinas escarlata.
 ¿Estás despierto? acerté a preguntar, en un ronco susurro, estática frente a su cama.

No se movió al principio, pero pude notar que estaba despierto por el ritmo acelerado de su respiración.
Se dio la vuelta.
 Ahora mismo preferiría pellizcarme para descubrir que es una pesadilla replicó amargamente—. ¿Qué quieres?
 Tengo miedo confesé, azorada, bajando la mirada hasta mis manos, entrelazadas nerviosamente.

Sus facciones se ablandaron con la mención de mi temor, y entonces se incorporó perezosamente hasta quedar sentado frente a mí, con el ceño levemente fruncido formando ligeras líneas en su frente.
 Todos los tenemos. ¿Qué ocurre? pude entrever entonces cierta preocupación en sus ojos. Precupación que él quería ocultar fuera como fuese.
 De estar sola. ¿Nunca has sentido...? ¿Nuncas has tenido esa sensación...? De estar en medio de todo, y de sentir que a la vez no perteneces a ningún sitio. De pensar que no sabes ni siquiera dónde está tu hogar. De sentir que eres la única persona que no ha conseguido fabricar una bonita máscara con la que protegerse y ocultarse de los demás. De ser la única que está indefensa, al descubierto. De ser débil. De que sin ni siquiera saber quien soy quiera ser yo misma. Esa sensación de... Estar esperando algo. Esperando algo que sabes que no va a llegar.

Me dirigió una mirada interrogante, como si no entendiera por qué pensaba eso, por qué me sentía así. Por qué se lo contaba precisamente a él, que era quizá la causa mayoritaria de gran parte de esas emociones. Con el ceño aún fruncido clavó sus ojos en los míos, como si pretendiera atraversarlos hasta llegar a leer en mi cabeza qué estaba pensando en ese momento. Qué quería oír, qué quería que me respondiese.
 Pues no esperes concluyó, reduciendo la situación a esa última frase. La vida no es esperar, es vivir. Es respirar. Necesitas hacerlo a cada momento, ¿no? No puedes esperar a respirar en un buen momento. Es necesario que lo hagas siempre, aunque no quieras, aunque no te apetezca o aunque ni siquiera seas consciente de que lo haces. Así es la vida, todo es respirar y a la vez no se reduce solamente a eso. Pero tienes que actuar como si así fuera, como si todo lo que haces fuera una constante respiración que no admite espera. No planifiques. No pienses. No esperes. Sólo vive.

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