¿Se puede...? pregunté tras la puerta, apoyando las manos contra la madera y empujándola varios centímetros, aún sabiendo a quién iba a encontrarme tras ella.

No hubo respuesta alguna.

Esperé, paciente, varios segundos más, y tras inspirar una gran bocanada de aire que llenó mis pulmones y me permitió reunir la fuerza necesaria, empujé la puerta, provocando que se abriera del todo con un crujido.
Él estaba sentado encima de la cama. Inevitablemente lo primero en lo que se fijaron mis ojos fue en su torso desnudo, cubierto pacialmente por unos apreciables moratones que no tenían muy buen aspecto.
No alzó la mirada al escucharme entrar, como si no se hubiera dado cuenta, aunque yo podía leer en sus facciones que lo había notado. Siguiendo con su tarea, alargó el brazo para alcanzar una bolsa de hielo que sujetaba hasta entonces la mesilla.

Sabía que era yo quien debía empezar a hablar, pero mi cuerpo no me respondía. Mis pies deseaban recortar la distancia que me separaba de él, mis manos querían abrazar su cuerpo y mis labios luchaban por articular una disculpa. Pero entre lo que quería mi cuerpo y lo que mi conciencia me aconsejaba había un enorme abismo.

Estaba enfadado. Quizá no conmigo, pero sí por mi culpa.
Tras una encarnizada lucha entre cuerpo y conciencia, el primero se declaró indudable vencedor, y en pocos segundos ya estaba de pie a su lado. Antes de que mis labios pudieran también reaccionar, él se adelantó:
 Prefiero que no lo intentes advirtió con rudeza, como si estuviera hablando consigo mismo y no fuera necesario mirarme para hacerlo. Sabía a lo que se refería, pero no estaba dispuesta a admitirlo hasta que él lo dejara claro. Pareció darse cuenta, así que prosiguió hablando: Sabes que lo odio.

Odia las disculpas. Miré al suelo, no sabía que más decirle. Si no fuera biológicamente imposible, habría jurado que los frenéticos latidos de mi corazón habían provocado que se desencajara de su sitio y se acomodara en mi garganta, impidiéndome el habla. Tragué saliva sonoramente para dar más tiempo a mi cerebro a pensar algo coherente y adecuado.
 Es que es lo que siento. Que lo hayas visto. No quiero hacerte daño y parece que siempre acabo consiguiéndolo.
Estudié su reacción tras mis palabras. Esta vez sus ojos azules buscaron los míos, y pude entrever los sentimientos que trataba de ocultarme tras un insalvable muro de indiferencia.
— No me ha importado partirle la cara a ese gilipollas declaró con sequedad—. Ahora vete. No quiero que estés aquí.
Sus palabras se clavaron en mi piel como si el viento las hubiera arrastrado violentamente hasta mí. Podía casi palpar la amargura impregnada en cada sílaba. No me atrevía a preguntar nada más, pero tampoco deseaba marcharme. Le necesitaba demasiado.
 ¿Por qué?
 No seas egoísta. No puedo ser tu amigo. Lo sabes. Estás enamorada de él, y me parece bien. Lo respeto -añadió, con una indiferencia que me desconcertaba.
 Soy egoísta. Está bien. Pero no puedo hacerlo sin ti, Jason las palabras borbotearon de mis labios sin que fuera capaz de retenerlas a tiempo. Mi mirada descendió hasta encontrarse con las baldosas del suelo.
 Ven murmuró para mi sorpresa, invitándome a sentarme a su lado, junto a él.

Accedí tras varios segundos, visiblemente confusa, dejándome caer sobre el colchón.
Tardé varios segundos en reaccionar, y casi no me di cuenta de que su rostro se acercaba apresuradamente hasta que sus labios alcanzaron los míos. Anhelaba ese cálido contacto y no deseaba que me privase de él. Algo así no debería ser conducido hasta un fin. Debería ser eterno.
Pero irremediablemente, lo tenía. Tenía un final.
Extrañé sus labios en cuanto el aire se instaló de nuevo entre nosotros, congelándome la piel, que se quejaba en silencio de la lejanía de su contacto. Una invisible marca de anhelo se había instalado en los lugares en los que nuestros cuerpos se habían rozado segundos antes.
Busqué sus ojos en busca de una explicación, pero la respuesta que me dieron no me agradó en absoluto. Reconocía esa mirada. Expresaba sin necesidad de palabras que ese había sido el último beso. Significaba un adiós.

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