Lo peor de todo es que visto desde fuera parece tan fácil. Tan cercano, tan palpable, tan... Humano, en definitiva. Parecía como si mi cerebro no estuviese conectado, como si me hubiera olvidado de dejarlo cargando por la noche y ahora funcionase exactamente de la misma forma que un móvil sin batería. Mis pies se dirigían solos hacia un lugar que conocía muy bien. Casi podía decir que me comportaba como uno de esos perros que siguen el rastro de una persona hasta que consiguen encontrarla. Y, en cierto modo, yo podía sentir su olor. Podía asegurar que, hace no mucho tiempo, él había pisado las mismas baldosas que yo. Había sentido las gotas de lluvia caer sobre su rostro igual que ahora golpeaban con fuerza mis mejillas.
Conocía bien ese camino. Lo había recorrido infinitas veces durante los meses anteriores, con él. Había pisado ese suelo cuando lucía un sol espléndido en el cielo, con lluvia e incluso con nieve. De día, y también de noche. Conocía cada entresijo y cada callejón. Pero aquel día parecía un camino completamente diferente. Triste, solitario. Me sentía como una intrusa allí. Como si no debiera estar recorriéndolo de nuevo. Como si estuviera mal que lo hiciera.
Pero, simplemente, tenía que hacerlo. Debía hacerlo. Era necesario.
Estaba llegando. Incluso, desde allí, podía ver el tejado desgastado de su casa, de un rojo pálido, casi naranja. Podía sentir el olor de las frondosas plantas de su jardín, tan bien cuidadas. Podía hasta sentir el tacto en mi espalda de aquel muro blanco y resquebrajado en el que tantas veces me había apoyado.
Podía revivir cien momentos, mil sonrisas e infinitas palabras.
Pero en ese momento sólo uno retumbaba en mi cabeza como el sonido de uno de esos tambores de las procesiones, que resuena en tu mente aún varios instantes más tarde de que el sonido se extinga.
Estuve frente a la verja negra alrededor de diez segundos. Inmóvil. Estática. Silenciosa.
Sentía que las palabras que iba a pronunciar se atascarían en mi garganta, negándose a salir, bloqueándome la razón e impidiéndome hacer algo coherente.
Pero tenía que intentarlo.
Sabiendo que la verja estaría abierta, la empujé suavemente y ésta cedió con su habitual crujido, similar al que se produce en las típicas películas de terror.
Pero no me estremecí, porque sabía que estaba a salvo.

El sendero que comunicaba la verja y la puerta de entrada a la casa me pareció eterno.
Enseguida abrió la puerta. Allí estaba, tal y como lo conocía yo, pero tan distinto al mismo tiempo. Se podía leer en sus ojos cierta tristeza mal escondida, oculta bajo un recién levantado muro de absoluta indiferencia.
Lo peor de todo es que visto desde fuera parece tan fácil. Tan cercano, tan palpable, tan... Humano, en definitiva.
- Lo siento.

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